Una vez más, la sociedad tucumana asiste indignada a los entretelones de una novela de mal gusto, protagonizada por actores mediocres devenidos en políticos, donde, con indisimulada obstinación, se desnudan sus oscuras ambiciones de perpetuidad y continuismo en la función pública, evidenciando una febril y enfermiza puja por posicionarse con candidaturas para el año en curso donde emergieron desde el seno del oficialismo gobernante una retahíla de insultos y culpas repartidas. El oportunismo, la traición, la deslealtad, la venganza, el revanchismo fueron las palabras más comunes de un lenguaje que los identificaba. La designación del defensor del Pueblo, efectuada recientemente con ribetes escandalosos, politizado al extremo, muestra un claro mal ejemplo de lo que no debe ocurrir en lo concerniente a la cosa pública, toda vez que, como consecuencia de la misma, sus protagonistas revelan insensibilidad con actitudes mezquinas que acrecienta el decaimiento del pueblo en sus representantes y lo hacen mirar el futuro con preocupación. Nos preguntamos cómo es posible escuchar y percibir de nuestras autoridades frases y gestos descomedidos, impropios de la función que ejercen, enrrostrándose mutuas acusaciones por la autoría de las peores bajezas y que los tiene como “números estelares” en circunstancias tan sensibles para la provincia tales como la inseguridad reinante por el creciente aumento del delito a la sombra de la impunidad; la indigencia en los barrios vulnerables y el “ejército” de niños en situación de calle. ¿Por qué no ponen el acento en eso, procurando brindarles una solución? Asombra e irrita tanta indiferencia de los poderes del Estado que sólo se muestran atentos al apoyo de un grupo de “opinólogos” rentados que, sin rubor alguno influyen con su “sapiencia” en las decisiones de encargados del poder público. Cabría también la pregunta sobre si tienen noción o si son conscientes del daño que le causan a la sociedad, como que tampoco reparan en el reclamo popular, sino que avanzan o pretenden hacerlo absolutamente creidísimos de ser los grandes artífices del despegue en la provincia, con el agravante de que, excediendo toda la prudencia y razonabilidad, sepamos por sus propias expresiones que “gobernar es sinónimo de joda” y que “gente o personas con causas judiciales conforman el staff del gobierno”. ¿Conocerá la justicia sobre el particular, por boca de los dicentes? Asimismo, ¿qué actuación correspondería, por caso, a jueces y fiscales? Por si lo dicho fuera insuficiente, se hace necesario incluir, en el nuevo léxico, términos como “poroteo“ u otros de contenido lúdico como “cuatro de copas, envido, truco, retruco, contraflor, quiero vale cuatro”, parecieran ser el punto clave y más neurálgico en esta puja por “marcar la cancha“ y mostrar a futuro quién es quién. ¡A tal degradación llegó la política! El destino de los tucumanos debe estar sujeto al azar de la perinola. Su recuperación, que todos anhelamos, solo será posible en el marco de políticas públicas serias posibles y creíbles.
Enrique Imperio
Blas Parera 274
San Miguel de Tucumán